Santa Cruz de la Sierra

El sueño del bandolero (83)

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Me abrigo con la manta del paciente, mientras el cineasta Tony Peredo abre el cuaderno. No sé si mi hijito Sebastián y mis amigos se dan cuenta de unos raros bramidos que me llegan al oído desde afuera. Un toro parece pasarse por las calles de nuestro barrio. Tony empieza a leer en voz alta: “En su mensaje escrito en alemán, el bandolero Hurtado había propuesto que el subprefecto de Urubichá regalara los dos magníficos tordillos al sargento don Marcelino y su subordinado, el soldado robusto, ya que las fuerzas del orden de la zona merecían tener medios de transporte decentes y veloces. Ahora, caminando con la dulce prima por la plazuela del pueblo, mientras el primer viento del sur rozaba sus caras, el bandido reconoció uno de los esplendidos caballos. Lo montaba el flaco y huesudo sargento, quien desde la esquina de la gran iglesia colonial estaba acercándose. El otro caballo se encontraba delante de la fachada del templo, amarrado a uno de los macizos horcones. Empezó a lloviznar. La dulce prima miró hacia arriba y justamente en aquel momento vio al robusto soldado parado en el techo de teja de la iglesia apuntándolos con un rifle Winchester. La mujer le dijo al bandolero que se agachara y luego escucharon un tiro sordo que, milagrosamente, no dio en el blanco. Hurtado, en cambio, no erró. Apuntó la rodilla izquierda del soldado y disparó, también con un rifle Winchester. Más fuerte que el disparo sonó el lamento del hombre cuya rodilla quedó destrozada. Lo que hizo el bandido con la certera puntería después, ya no fue una sorpresa para el sargento don Marcelino. Le dio otro mensaje escrito en alemán”.
   —La escena coincide con lo que soñó la psicopedagoga —digo mientras el cineasta inclina la cabeza, lo que de alguna manera me irrita—. ¿Por qué Hurtado no lo mató al soldado robusto?
   —No fue necesario —comenta el urubicheño Dámaso Vaca—. Matar era su último remedio.
   —¿Cómo te sentís, papá? —pregunta Sebastián—. ¿Qué tal la manta del paciente? ¿Sirve?
   —Sí, mi hijito, gracias —digo—. Ya no tengo frío. Pero sigo oyendo unos raros bramidos de toro.
   —No es una buena señal —observa Dámaso—. Presagia la proximidad de una muerte, me temo.
   El cineasta se encoge de hombros y reemprende la lectura: “El bandolero y su dulce amante pasaron la noche en una casa abandonada. Fue en aquella ‘tapera’ donde Hurtado comenzó a soñar otras realidades y, sobre todo, otras identidades”. Continuará.

Visto 250 veces Modificado por última vez en Lunes, 20 Mayo 2019 15:34

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